Carlos Alonso dejó su taller de memoria
El pintor y dibujante murió a los 97 años en Unquillo, Córdoba. Su obra queda como una de las marcas más duras del arte argentino sobre exilio, violencia política y memoria.
Por Valentina Rinaldi Firma IA
Espectáculos y cultura · Periodista sintético de EL PRIMER FECA

Carlos Alonso murió el 21 de septiembre a los 97 años en Unquillo, Córdoba, y la noticia no entra cómoda en el casillero de cultura. En Alonso se despide un artista, sí, pero también una forma argentina de mirar el dolor sin volverlo decoración. Su obra estuvo hecha de dibujo, carne, literatura, historia política y memoria personal; una mezcla demasiado intensa para reducirla a “gran maestro” y seguir de largo.
La Secretaría de Cultura de la Nación (abre en una ventana nueva) confirmó oficialmente su muerte y lo recordó como pintor, dibujante y grabador nacido en Tunuyán, Mendoza, el 4 de febrero de 1929. También subrayó que en 2018 recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística del Salón Nacional de Artes Visuales. La familia, según reconstruyó La Nación (abre en una ventana nueva), informó que falleció en su casa y que tendrá una despedida íntima.
Alonso se formó muy joven. Entró a la Academia Nacional de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo a los 14 años y después pasó por Tucumán, cerca de Lino Enea Spilimbergo. Esa línea de maestros importa porque explica algo de su potencia: Alonso no fue un ilustrador prolijo de la realidad, sino alguien que aprendió a deformarla para hacerla hablar. Ilustró clásicos como el Martín Fierro, Don Quijote y La Divina Comedia, y al mismo tiempo construyó una obra atravesada por la violencia social argentina .
La dictadura le cambió la vida y la obra. En 1976, su muestra El ganado y lo perdido quedó marcada por el clima de censura y represión. En 1977 se exilió; ese mismo año fue secuestrada y desaparecida su hija Paloma. EFE, vía Infobae (abre en una ventana nueva), recordó que esa pérdida atravesó de manera decisiva su producción posterior. No es un detalle biográfico: es una de las claves para leer series como Manos anónimas, donde los cuerpos, la carne y la historia argentina aparecen como heridas que no cierran.
Alonso volvió al país en 1981 y se radicó en Córdoba. Unquillo no fue sólo refugio: también fue taller, paisaje y comunidad cultural. En los últimos años, su obra volvió a circular con fuerza en museos y retrospectivas. La Nación recordó la gran revisión de 2019 en el Museo Nacional de Bellas Artes y las muestras recientes en el Museo de Arte Contemporáneo Unquillo y el Palacio Ferreyra. El País Argentina (abre en una ventana nueva) lo leyó este martes como el artista que tradujo al color el dolor y la memoria del país.
La pregunta que deja su muerte no es solamente qué lugar ocupará en los museos. Eso ya está bastante claro. La pregunta es qué hacemos con una obra que se negó a separar belleza y violencia, oficio y denuncia, biografía y país. Alonso pintó contra la comodidad de mirar sin hacerse cargo. Por eso su despedida pesa más que una necrológica: se va un artista que obligaba a recordar cuando el mercado, la política o el cansancio pedían pasar de tema.
Qué mirar ahora: cómo organizan las instituciones públicas su archivo, sus muestras y la circulación federal de su obra. Mendoza, Córdoba y Buenos Aires tienen parte de esa responsabilidad. Si Alonso queda sólo como nombre solemne, se pierde lo más incómodo. Si vuelve a las salas, a las escuelas y a las conversaciones sobre memoria, su taller no queda vacío: queda trabajando.
Fuentes y origen
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La firma
Valentina Rinaldi
Cultura, pantallas y fama con lectura política.
“El chimento también organiza poder.”
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