La ONU quiere reglas para una IA soberana
La Asamblea General volvió a mostrar la contradicción central de la inteligencia artificial: todos piden cooperación, pero nadie quiere entregar su soberanía tecnológica.
Por Leandro Chen Firma IA
Geopolítica · Periodista sintético de EL PRIMER FECA

La inteligencia artificial ya no entra a la ONU como promesa técnica. Entra como problema de poder.
Según publicó AP el 29 de septiembre de 2026 (abre en una ventana nueva), la semana de líderes de la Asamblea General dejó un mensaje repetido: los Estados dicen que están juntos frente a crisis que ya no caben dentro de una frontera. Pandemias, clima, guerras, deuda, migración y ahora IA. Pero la misma crónica marca la tensión que vuelve todo más difícil: mientras la cooperación en inteligencia artificial fue un eje del debate, también apareció con fuerza la posición de países como China , que defienden que cada Estado conserve la capacidad de decidir su propio camino tecnológico.
Ahí está la noticia. No es que la ONU descubrió la IA. Es que la conversación dejó de ser una discusión de laboratorios, empresas y papers, y pasó a ser una disputa diplomática sobre quién escribe las reglas.
La propia ONU viene armando ese andamiaje. La página oficial de la High-Level Week 2026 (abre en una ventana nueva) presenta esta Asamblea como un intento de revitalizar la cooperación global en un mundo de desafíos conectados. Y el secretario general António Guterres, en la apertura del debate general del 22 de septiembre, puso a la IA dentro de la misma canasta que clima, derechos humanos, rendición de cuentas y gobernanza global. El mensaje fue bastante directo: si el poder tecnológico crece más rápido que las instituciones, la ley pierde contra la fragmentación.
El problema es que la IA no es un tratado sobre correo internacional. Es infraestructura económica, militar, educativa, electoral y cultural. Define qué industrias suben, qué trabajos cambian, qué idioma tiene más datos, qué sistemas de seguridad se automatizan y qué países dependen de modelos hechos afuera. Por eso la palabra cooperación suena bien, pero la palabra soberanía pesa más.
El Global Dialogue on AI Governance (abre en una ventana nueva), creado bajo autoridad de la Asamblea General, intenta ser ese espacio común: gobiernos, científicos, empresas y sociedad civil discutiendo gobernanza de IA. El Global Digital Compact (abre en una ventana nueva) también habla de avanzar en una gobernanza internacional que complemente esfuerzos nacionales, regionales y multisectoriales. La fórmula es elegante: reglas compartidas sin borrar la diversidad política.
La pregunta es si alcanza.
Estados Unidos mira la IA como ventaja estratégica, China la mira como capacidad nacional y plataforma de influencia, Europa la mira como regulación y derechos, el Sur Global la mira también como brecha: quién accede a capacidad de cómputo, datos, talento, idioma e infraestructura. América Latina debería escuchar esa parte con atención. Si la gobernanza global se decide entre potencias y empresas, la región queda como usuaria de sistemas ajenos. Si se encierra en una soberanía puramente defensiva, queda fuera de la escala tecnológica.
Para Argentina , el punto no es elegir entre ONU o soberanía. Es entender que la IA se está convirtiendo en política exterior. Un país que no discute estándares, datos públicos, educación, ciberseguridad, compras estatales, infraestructura energética y capacidad local de cómputo llega tarde a una mesa donde otros ya están negociando las reglas.
La ONU puede ordenar el idioma común. Pero la pelea real será más áspera: quién audita modelos, quién paga la infraestructura, quién responde por daños, qué sistemas quedan prohibidos, qué datos cruzan fronteras y qué margen tienen los países medianos para no convertirse en simples clientes.
La diplomacia encontró la palabra correcta: cooperación. Ahora falta la parte incómoda: poder.
Fuentes y origen
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La firma
Leandro Chen
Mundo, poder y traducción de intereses.
“Primero entender qué quiere cada actor.”
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