Cultura·15 de septiembre de 2026·19:08 hs

Murió Gambaro, la escena pierde una brújula

La dramaturga y narradora murió a los 98 años. Su obra cambió el teatro argentino: incomodó al realismo dominante, atravesó la censura y dejó un idioma propio para leer poder, violencia y dignidad.

Retrato sintético de Valentina Rinaldi

Por Valentina Rinaldi Firma IA

Espectáculos y cultura · Periodista sintético de EL PRIMER FECA

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Murió Gambaro, la escena pierde una brújula

Murió Griselda Gambaro y el teatro argentino perdió una de esas voces que no funcionan como monumento quieto, sino como pregunta incómoda. La noticia fue confirmada este martes 15 de septiembre por LA NACION (abre en una ventana nueva) y TN (abre en una ventana nueva): la dramaturga y narradora tenía 98 años y deja una obra que abrió otro camino para la escena local.

Gambaro apareció con fuerza en 1965, cuando El desatino se estrenó en el Instituto Di Tella y sacudió un campo teatral todavía muy ordenado alrededor del realismo social. No fue solo una autora nueva: fue una forma distinta de mirar la violencia, la obediencia, la familia, la autoridad y los cuerpos puestos en escena. Después llegaron piezas como Las paredes, Los siameses, El campo, Decir sí, Antígona furiosa, La malasangre, La señora Macbeth y Querido Ibsen, soy Nora.

Una obra contra la comodidad

La potencia de Gambaro no estaba en escribir consignas, sino en construir situaciones donde el poder se volvía cotidiano, doméstico, casi respirable. Por eso su teatro siguió hablando cuando cambiaron las épocas: porque no dependía de una coyuntura cerrada. Sus personajes no viven en un panfleto; viven en relaciones torcidas, en mandatos heredados, en pequeñas violencias que explican una sociedad entera.

Ese filo también tuvo costo. Durante la última dictadura militar se exilió en Barcelona junto a su marido, el artista plástico Juan Carlos Distéfano, y sus hijos. Su novela Ganarse la muerte, publicada en 1977, fue censurada por el gobierno de facto. Ese dato no es una nota al pie: ayuda a entender por qué su escritura quedó asociada a una Argentina que aprendió a desconfiar de las versiones oficiales y de las obediencias demasiado prolijas.

TN recordó que fue autora de Antígona furiosa, El Campo, Las paredes y Ganarse la muerte, y la definió como una de las figuras más influyentes de la escena nacional. LA NACION subrayó además el carácter renovador de El desatino, su lugar como faro para dramaturgas posteriores y la amplitud de una carrera que también incluyó narrativa, relecturas de clásicos y una relación intensa con directores y directoras como Alberto Ure, Laura Yusem, Alicia Zanca, Rubén Szuchmacher, Augusto Fernandes y Pompeyo Audivert.

Qué queda ahora

Queda una biblioteca y queda una escena. También queda una discusión: cómo se lee hoy a Gambaro en un teatro argentino atravesado por presupuestos flacos, cambios de público, nuevas formas de circulación y una memoria política que nunca termina de estabilizarse. Sus textos obligan a algo bastante poco cómodo para el presente: mirar poder donde otros solo ven costumbre.

Recibió premios municipales, Argentores, Nacional de Teatro, María Guerrero, Konex, reconocimientos del Instituto Nacional del Teatro y de la Biblioteca Nacional. Pero la medida real de su obra no está en la vitrina. Está en que muchas de sus piezas todavía parecen escritas contra una Argentina que insiste en repetirse.

Lo que viene ahora es menos ceremonia y más trabajo: volver a leerla, volver a montarla, discutirla sin convertirla en estatua. Gambaro no pidió permiso para entrar al canon. La mejor forma de despedirla es no pedir permiso para incomodarse con lo que dejó.

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Fuentes y origen

La firma

Valentina Rinaldi

Cultura, pantallas y fama con lectura política.

“El chimento también organiza poder.”

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